Cada 10 de mayo la literatura hispana recuerda el nacimiento de Benito Pérez Galdós, venido al mundo en Las Palmas de Gran Canaria el 10 de mayo de 1843. No es una fecha cualquiera: ese día nació uno de los grandes narradores de la lengua española, representante mayor de la novela realista del siglo XIX, académico de la Real Academia Española desde 1897 y nominado al Premio Nobel de Literatura en 1912. Murió en Madrid el 4 de enero de 1920.
(Instituto Cervantes)
Hablar de
Galdós en esta efeméride de su nacimiento no es simplemente recordar a un
clásico de la literatura. Es volver a preguntarnos por España, por la pobreza,
por la justicia, por la religión, por la belleza escondida en los pequeños, y
también por Dios. Porque la obra galdosiana no solo retrata costumbres,
familias, ciudades y conflictos políticos; retrata almas. Y cuando un escritor
se atreve a mirar el alma humana, tarde o temprano se encuentra con la pregunta
religiosa.
La primera vez
que Benito Pérez Galdós entró de verdad en mi vida no fue por una clase solemne
de literatura, ni por una referencia académica, sino por una novela que en mi
adolescencia me dejó una huella profunda: Marianela
—que en la memoria afectiva, con los años, uno a veces recuerda con la
sonoridad de Marinella.
Aquella historia de una muchacha pobre, frágil, poco agraciada a los ojos del
mundo, pero llena de una belleza interior conmovedora, me impactó hondamente.
Me habló de algo que la literatura verdadera siempre revela: que los ojos
pueden ver mucho y, sin embargo, no ver lo esencial.
Después de
leerla, vi por televisión una telenovela basada en esa historia, titulada El juramento. En mi recuerdo
aparece asociada a Armando Gutiérrez y Natalia Giraldo —aunque la memoria
televisiva, con el paso del tiempo, puede confundir nombres, rostros y
créditos—, y sobre todo a aquella bellísima canción del puertorriqueño José
Feliciano: “No hay sombra
que me cubra”. Esa melodía quedó para siempre unida en mi
sensibilidad juvenil a la historia de Nela, de Pablo, de la ceguera, del amor
idealizado y del doloroso descubrimiento de que no siempre sabemos amar lo que
de verdad vale.
Desde
entonces, Galdós quedó unido en mi memoria a tres realidades: la fragilidad
humana, la belleza escondida y la pregunta por Dios.
Un escritor para mirar la realidad sin maquillarla
Benito Pérez
Galdós fue un observador extraordinario. Supo mirar la vida española con una
mezcla admirable de realismo, compasión, ironía y profundidad moral. Su obra es
inmensa. Baste recordar los Episodios
nacionales, iniciados en 1873 con Trafalgar, una monumental reconstrucción
novelada de la historia de España desde la vida cotidiana de sus personajes. (Instituto
Cervantes)
Pero también
están sus novelas contemporáneas: Doña
Perfecta, Gloria,
La familia de León Roch,
Tormento, La de Bringas, Miau, Tristana, Nazarín, Halma, Misericordia, El abuelo y, por supuesto, Fortunata y Jacinta, quizá
su novela más ambiciosa y una de las cumbres de la narrativa española.
Si Cervantes
había dado a España el gran espejo de la condición humana con Don Quijote de la Mancha, Galdós
ofreció otro espejo: el de la España moderna, contradictoria, apasionada,
religiosa y anticlerical, pobre y orgullosa, llena de santos anónimos y de
hipócritas solemnes. Galdós no escribió desde una torre de marfil. Escribió
desde la calle, desde el oído atento, desde la conversación popular, desde las
heridas de su tiempo.
En sus
novelas, los grandes conflictos nacionales no aparecen como abstracciones. Se
encarnan en familias, amores, deudas, matrimonios, herencias, beatas, curas,
médicos, comerciantes, mendigos, jóvenes idealistas, mujeres humilladas y
personajes que parecen arrancados directamente de la vida. Por eso Galdós sigue
vivo: porque no escribió solo sobre su siglo, sino sobre las pasiones, cegueras
y esperanzas de todos los siglos.
Marianela: la belleza que el mundo no sabe ver
Entre todas
sus obras, Marianela
ocupa para mí un lugar entrañable. Publicada en 1878, forma parte de sus
llamadas novelas de tesis. La protagonista, Nela, es una muchacha huérfana,
excluida, tratada casi como un ser inferior por quienes la rodean. Vive cerca
de Pablo Penáguilas, un joven ciego que no la juzga por su apariencia y con
quien establece una relación íntima y profundamente idealizada. (Wikipedia)
La llegada del
médico Teodoro Golfín abre la posibilidad de que Pablo recupere la vista. Pero
esa curación, que debería ser una bendición, se convierte para Marianela en una
tragedia. Cuando Pablo ve, descubre el mundo exterior y queda seducido por la
belleza visible de Florentina. La pobre Nela, que había sido amada en la
oscuridad, queda desamparada ante la luz. (Wikipedia)
La novela es
mucho más que una historia sentimental. Es una parábola sobre la mirada. ¿Qué
vemos cuando vemos? ¿Qué ama realmente el corazón humano? ¿Amamos el alma o la
apariencia? ¿Somos capaces de descubrir la belleza escondida en quienes no
responden a los criterios exteriores de la sociedad?
Desde una
sensibilidad cristiana, Marianela
se lee casi como una meditación sobre aquella verdad bíblica según la cual el
ser humano mira las apariencias, pero Dios mira el corazón. Galdós no predica
como predica un sacerdote; pero muchas veces desenmascara como un profeta. Nos
obliga a reconocer que hay personas a quienes el mundo no mira, no escucha, no
valora, no celebra; y, sin embargo, son precisamente esas criaturas pequeñas
las que revelan una verdad más honda sobre la dignidad humana.
Marianela es
una pobre entre los pobres. No tiene hermosura física, no tiene posición
social, no tiene protección verdadera. Pero tiene una interioridad luminosa. Su
tragedia no consiste solo en no ser correspondida; consiste en que el mundo no
supo verla. Y esa es una pregunta profundamente espiritual: ¿cuántas Marianelas
siguen pasando junto a nosotros sin que las reconozcamos?
¿Fue católico Benito Pérez Galdós?
Esta pregunta
no se responde con facilidad. Galdós nació en una España oficialmente católica
y fue formado en un ambiente donde la religión tenía una presencia social
evidente. Pero el Galdós adulto fue un hombre liberal, crítico del
clericalismo, de la intolerancia religiosa, del fanatismo y de la excesiva
influencia de ciertos sectores eclesiásticos en la vida pública, la educación y
la moral social.
Ahora bien,
sería injusto reducirlo a la etiqueta simple de “anticlerical”. Algunos
estudiosos han insistido en que Galdós no fue enemigo de la religión como tal,
sino muy crítico con determinadas formas históricas del catolicismo español.
Vida Nueva recoge el juicio del crítico Germán Gullón, quien afirma que Galdós
fue “creyente en los valores del cristianismo evangélico”; también se señala
que su crítica iba dirigida más contra ciertas estructuras y actitudes
eclesiásticas que contra la religión misma. (Vida Nueva)
Aquí está la
clave: Galdós no parece un hombre indiferente ante Dios. Más bien fue un
escritor incómodo ante una religión convertida en poder, fachada o costumbre
social. Le molestaba la fe usada como instrumento de dominio. Le inquietaba la
piedad sin caridad. Le repugnaba la moral religiosa cuando servía para aplastar
conciencias en lugar de liberarlas.
Pero al mismo
tiempo, su obra está llena de preguntas religiosas. En sus novelas aparecen
creyentes auténticos y creyentes deformados; sacerdotes nobles y sacerdotes
mediocres; mujeres de caridad admirable y beatas de apariencia rígida; almas
libres y conciencias dominadas por el miedo. Galdós no destruye la pregunta
religiosa: la purifica narrativamente.
Una espiritualidad evangélica, incómoda y humana
Hay un momento
muy significativo en la evolución literaria de Galdós: su llamado ciclo
espiritualista. En la década de 1890, la religión aparece con fuerza en obras
como Nazarín, Halma y Misericordia. Un análisis
publicado en El Ciervo
recuerda que estas novelas conectan con la búsqueda de un cristianismo más fiel
al Evangelio y menos aliado con el poder. (El Ciervo)
Nazarín es especialmente
reveladora. Su protagonista es un sacerdote pobre, libre, extraño, casi
quijotesco, que intenta vivir el Evangelio con radicalidad. No es un
funcionario de lo sagrado, ni un clérigo de comodidades, ni un predicador de
fórmulas. Es un hombre que quiere parecerse a Cristo hasta las últimas
consecuencias. Comparte lo poco que tiene, se desprende de los bienes, soporta
incomprensiones, y parece loco precisamente porque toma en serio aquello que
muchos cristianos han domesticado.
Desde mi
condición sacerdotal, me parece imposible leer Nazarín sin sentir cierta incomodidad. Porque
Galdós, con toda su mirada crítica, nos recuerda que el cristianismo no nació
para ser una institución de prestigio, sino una forma de vida siguiendo al
Crucificado. Nos recuerda que un sacerdote puede perder credibilidad no solo
por sus pecados, sino también por su comodidad. Y nos recuerda que el
Evangelio, cuando se vive de verdad, siempre tiene algo de escándalo.
Misericordia, por su parte, es
quizá una de las novelas más cristianas de Galdós, aunque no lo sea en sentido
devocional o catequético. Allí aparece Benina, una mujer pobre, mendiga,
servicial, capaz de sostener a otros desde una bondad humilde y silenciosa.
Benina no necesita discursos religiosos para parecer evangélica. Su vida misma
es una parábola de la compasión.
En estos
personajes se percibe una espiritualidad profunda: no necesariamente una
ortodoxia doctrinal expresada de manera explícita, sino una búsqueda de
autenticidad, de misericordia, de libertad interior y de verdad moral. Galdós
parece decirnos que una religión sin humanidad se convierte en caricatura,
mientras que una humanidad vivida con misericordia puede transparentar a Dios
incluso cuando no lo nombra.
Galdós ante la Iglesia: crítica, no simple rechazo
Galdós fue crítico
frente a la Iglesia católica de su tiempo, especialmente cuando la veía
demasiado vinculada al poder, al control social o a la intolerancia. Pero su
crítica no debe confundirse con desprecio superficial hacia la fe. Más bien
parece una crítica nacida del deseo de una religión más limpia, más libre y más
evangélica.
En sus
novelas, la religión puede aparecer como fuerza de opresión cuando se vuelve
fanatismo, pero también como camino de redención cuando se convierte en
caridad. Galdós desconfía del dogmatismo cerrado, pero admira la autenticidad.
Cuestiona la apariencia piadosa, pero se inclina ante la bondad verdadera.
Rechaza la religión como máscara social, pero se conmueve ante la fe que se
hace servicio.
Como creyente,
esto me resulta particularmente interpelante. Porque a veces los escritores
críticos ayudan a la Iglesia más de lo que pensamos. No porque tengan siempre
razón en todo, sino porque nos obligan a preguntarnos si estamos
transparentando el rostro de Cristo o simplemente defendiendo estructuras,
costumbres y seguridades.
Galdós nos
pone delante de una pregunta incómoda: ¿qué queda del cristianismo cuando se le
quita el poder? Si queda misericordia, verdad, libertad, pobreza evangélica y
amor por los pequeños, entonces queda el Evangelio. Si no queda nada, tal vez
lo que había no era Evangelio, sino decoración religiosa.
Su muerte: ceguera, pobreza y reconocimiento popular
Los últimos
años de Benito Pérez Galdós fueron difíciles. La enfermedad, la pérdida
progresiva de la vista, los problemas económicos y el cansancio físico fueron
apagando al gran observador de España. Desde 1913 estaba ciego, y su salud se
agravó en los meses finales. Murió en la madrugada del 4 de enero de 1920,
aproximadamente a las tres y media, en la casa de su sobrino José Hurtado de
Mendoza, en la calle Hilarión Eslava de Madrid. Su enfermedad se había
complicado por uremia e insuficiencia cardíaca. (BienMeSabe)
Hay algo
profundamente simbólico en esa muerte: el hombre que había visto como pocos las
contradicciones de España terminó sus días ciego. El novelista que había sabido
mirar la pobreza, la hipocresía, la ternura, la ambición, la fe y la
desesperanza, perdió la luz física, pero no la luz literaria. Su cuerpo fue
velado con honores, y la noticia de su muerte conmovió tanto a Madrid como a su
tierra natal canaria. (BienMeSabe)
No me
atrevería a inventar una escena piadosa sobre su final. No sé, con certeza
suficiente, cómo fue su último diálogo interior con Dios. Pero sí sabemos que
murió como mueren los grandes hombres: dejando una obra que sigue interrogando.
Y en su caso, interrogando también a los creyentes.
La pregunta por Dios en un escritor incómodo
¿Creía Galdós
en Dios? Quizá habría que responder con prudencia. No fue un católico
convencional, ni un escritor sometido dócilmente a la sensibilidad eclesiástica
de su época. Fue liberal, crítico, incómodo, a veces durísimo con los ambientes
clericales. Pero su obra no respira ateísmo vulgar ni indiferencia espiritual.
Respira búsqueda. Respira hambre de verdad. Respira una profunda preocupación
por el bien, por la justicia y por la misericordia.
Tal vez Galdós
creyó más en el Dios del Evangelio que en el Dios de ciertas instituciones de
su tiempo. Tal vez no pudo reconciliarse plenamente con la Iglesia visible que
conoció, pero sí supo reconocer la grandeza moral del cristianismo cuando se
hacía caridad, pobreza, perdón y servicio. Tal vez su espiritualidad fue la de
un hombre que desconfiaba de las palabras religiosas cuando no estaban
respaldadas por obras.
Por eso, leído
desde la fe, Galdós no es un enemigo. Es un interlocutor. Un escritor que nos
incomoda sanamente. Un novelista que nos pregunta si nuestra religión mira a
Marianela o la ignora; si nuestros ojos son capaces de ver a los pobres; si
nuestra fe es misericordia o simple apariencia; si hablamos mucho de Dios pero
reconocemos poco su presencia en los humillados.
Galdós y mi memoria de lector creyente
Vuelvo
entonces a mi adolescencia. Vuelvo a Marianela.
Vuelvo a aquella telenovela El
juramento. Vuelvo a José Feliciano cantando “No hay sombra que me
cubra”. Vuelvo a esa mezcla de literatura, televisión, música y sensibilidad
juvenil que nos marca para siempre.
Quizá en aquel
tiempo yo no tenía las palabras para formularlo, pero hoy entiendo mejor por
qué esa historia me conmovió tanto. Porque Nela representaba a todos los seres
humanos que no son mirados con amor. Porque Pablo representaba la ambigüedad de
nuestros afectos: a veces amamos una imagen, no una persona. Porque la luz
física, paradójicamente, puede revelar también una ceguera más profunda. Y
porque Galdós, sin escribir una novela piadosa, me estaba acercando a una
pregunta profundamente cristiana: ¿sabemos mirar como mira Dios?
Eso es lo que
los grandes escritores hacen con nosotros. Nos acompañan durante años. Nos
dejan heridas, símbolos, escenas, melodías. Y un día, mucho tiempo después,
descubrimos que aquello que nos emocionó en la juventud tenía un sentido más
hondo.
Benito Pérez
Galdós no fue un santo de estampita. Fue un escritor complejo, liberal,
crítico, apasionado por la verdad humana, incómodo para los conservadores de su
tiempo y también difícil de encasillar para los lectores religiosos. Pero
precisamente por eso sigue siendo necesario. Porque nos recuerda que la fe no
puede separarse de la vida, que la religión no debe convertirse en máscara, y
que Dios puede estar más cerca de una pobre muchacha despreciada que de una
sociedad orgullosa de sus apariencias.
Cada 10 de
mayo, al recordar su nacimiento, no solo celebramos a un gigante de la
literatura española. Celebramos a un hombre que supo mirar las sombras de su
tiempo y buscar, entre ellas, alguna luz. Y quizá esa luz, aunque él no siempre
la nombrara con lenguaje devoto, era la misma que sigue brillando en el corazón
del Evangelio: la dignidad de los pobres, la misericordia de los humildes y la
belleza escondida de quienes solo Dios sabe mirar plenamente.































