domingo, 10 de mayo de 2026

Benito Pérez Galdós: el novelista que buscó a Dios entre los pobres y las contradicciones de España

 

Cada 10 de mayo la literatura hispana recuerda el nacimiento de Benito Pérez Galdós, venido al mundo en Las Palmas de Gran Canaria el 10 de mayo de 1843. No es una fecha cualquiera: ese día nació uno de los grandes narradores de la lengua española, representante mayor de la novela realista del siglo XIX, académico de la Real Academia Española desde 1897 y nominado al Premio Nobel de Literatura en 1912. Murió en Madrid el 4 de enero de 1920. 

(Instituto Cervantes)


Hablar de Galdós en esta efeméride de su nacimiento no es simplemente recordar a un clásico de la literatura. Es volver a preguntarnos por España, por la pobreza, por la justicia, por la religión, por la belleza escondida en los pequeños, y también por Dios. Porque la obra galdosiana no solo retrata costumbres, familias, ciudades y conflictos políticos; retrata almas. Y cuando un escritor se atreve a mirar el alma humana, tarde o temprano se encuentra con la pregunta religiosa.

La primera vez que Benito Pérez Galdós entró de verdad en mi vida no fue por una clase solemne de literatura, ni por una referencia académica, sino por una novela que en mi adolescencia me dejó una huella profunda: Marianela —que en la memoria afectiva, con los años, uno a veces recuerda con la sonoridad de Marinella. Aquella historia de una muchacha pobre, frágil, poco agraciada a los ojos del mundo, pero llena de una belleza interior conmovedora, me impactó hondamente. Me habló de algo que la literatura verdadera siempre revela: que los ojos pueden ver mucho y, sin embargo, no ver lo esencial.

Después de leerla, vi por televisión una telenovela basada en esa historia, titulada El juramento. En mi recuerdo aparece asociada a Armando Gutiérrez y Natalia Giraldo —aunque la memoria televisiva, con el paso del tiempo, puede confundir nombres, rostros y créditos—, y sobre todo a aquella bellísima canción del puertorriqueño José Feliciano: “No hay sombra que me cubra”. Esa melodía quedó para siempre unida en mi sensibilidad juvenil a la historia de Nela, de Pablo, de la ceguera, del amor idealizado y del doloroso descubrimiento de que no siempre sabemos amar lo que de verdad vale.

Desde entonces, Galdós quedó unido en mi memoria a tres realidades: la fragilidad humana, la belleza escondida y la pregunta por Dios.

Un escritor para mirar la realidad sin maquillarla

Benito Pérez Galdós fue un observador extraordinario. Supo mirar la vida española con una mezcla admirable de realismo, compasión, ironía y profundidad moral. Su obra es inmensa. Baste recordar los Episodios nacionales, iniciados en 1873 con Trafalgar, una monumental reconstrucción novelada de la historia de España desde la vida cotidiana de sus personajes. (Instituto Cervantes)

Pero también están sus novelas contemporáneas: Doña Perfecta, Gloria, La familia de León Roch, Tormento, La de Bringas, Miau, Tristana, Nazarín, Halma, Misericordia, El abuelo y, por supuesto, Fortunata y Jacinta, quizá su novela más ambiciosa y una de las cumbres de la narrativa española.

Si Cervantes había dado a España el gran espejo de la condición humana con Don Quijote de la Mancha, Galdós ofreció otro espejo: el de la España moderna, contradictoria, apasionada, religiosa y anticlerical, pobre y orgullosa, llena de santos anónimos y de hipócritas solemnes. Galdós no escribió desde una torre de marfil. Escribió desde la calle, desde el oído atento, desde la conversación popular, desde las heridas de su tiempo.

En sus novelas, los grandes conflictos nacionales no aparecen como abstracciones. Se encarnan en familias, amores, deudas, matrimonios, herencias, beatas, curas, médicos, comerciantes, mendigos, jóvenes idealistas, mujeres humilladas y personajes que parecen arrancados directamente de la vida. Por eso Galdós sigue vivo: porque no escribió solo sobre su siglo, sino sobre las pasiones, cegueras y esperanzas de todos los siglos.

Marianela: la belleza que el mundo no sabe ver

Entre todas sus obras, Marianela ocupa para mí un lugar entrañable. Publicada en 1878, forma parte de sus llamadas novelas de tesis. La protagonista, Nela, es una muchacha huérfana, excluida, tratada casi como un ser inferior por quienes la rodean. Vive cerca de Pablo Penáguilas, un joven ciego que no la juzga por su apariencia y con quien establece una relación íntima y profundamente idealizada. (Wikipedia)

La llegada del médico Teodoro Golfín abre la posibilidad de que Pablo recupere la vista. Pero esa curación, que debería ser una bendición, se convierte para Marianela en una tragedia. Cuando Pablo ve, descubre el mundo exterior y queda seducido por la belleza visible de Florentina. La pobre Nela, que había sido amada en la oscuridad, queda desamparada ante la luz. (Wikipedia)

La novela es mucho más que una historia sentimental. Es una parábola sobre la mirada. ¿Qué vemos cuando vemos? ¿Qué ama realmente el corazón humano? ¿Amamos el alma o la apariencia? ¿Somos capaces de descubrir la belleza escondida en quienes no responden a los criterios exteriores de la sociedad?

Desde una sensibilidad cristiana, Marianela se lee casi como una meditación sobre aquella verdad bíblica según la cual el ser humano mira las apariencias, pero Dios mira el corazón. Galdós no predica como predica un sacerdote; pero muchas veces desenmascara como un profeta. Nos obliga a reconocer que hay personas a quienes el mundo no mira, no escucha, no valora, no celebra; y, sin embargo, son precisamente esas criaturas pequeñas las que revelan una verdad más honda sobre la dignidad humana.

Marianela es una pobre entre los pobres. No tiene hermosura física, no tiene posición social, no tiene protección verdadera. Pero tiene una interioridad luminosa. Su tragedia no consiste solo en no ser correspondida; consiste en que el mundo no supo verla. Y esa es una pregunta profundamente espiritual: ¿cuántas Marianelas siguen pasando junto a nosotros sin que las reconozcamos?

¿Fue católico Benito Pérez Galdós?

Esta pregunta no se responde con facilidad. Galdós nació en una España oficialmente católica y fue formado en un ambiente donde la religión tenía una presencia social evidente. Pero el Galdós adulto fue un hombre liberal, crítico del clericalismo, de la intolerancia religiosa, del fanatismo y de la excesiva influencia de ciertos sectores eclesiásticos en la vida pública, la educación y la moral social.

Ahora bien, sería injusto reducirlo a la etiqueta simple de “anticlerical”. Algunos estudiosos han insistido en que Galdós no fue enemigo de la religión como tal, sino muy crítico con determinadas formas históricas del catolicismo español. Vida Nueva recoge el juicio del crítico Germán Gullón, quien afirma que Galdós fue “creyente en los valores del cristianismo evangélico”; también se señala que su crítica iba dirigida más contra ciertas estructuras y actitudes eclesiásticas que contra la religión misma. (Vida Nueva)

Aquí está la clave: Galdós no parece un hombre indiferente ante Dios. Más bien fue un escritor incómodo ante una religión convertida en poder, fachada o costumbre social. Le molestaba la fe usada como instrumento de dominio. Le inquietaba la piedad sin caridad. Le repugnaba la moral religiosa cuando servía para aplastar conciencias en lugar de liberarlas.

Pero al mismo tiempo, su obra está llena de preguntas religiosas. En sus novelas aparecen creyentes auténticos y creyentes deformados; sacerdotes nobles y sacerdotes mediocres; mujeres de caridad admirable y beatas de apariencia rígida; almas libres y conciencias dominadas por el miedo. Galdós no destruye la pregunta religiosa: la purifica narrativamente.

Una espiritualidad evangélica, incómoda y humana

Hay un momento muy significativo en la evolución literaria de Galdós: su llamado ciclo espiritualista. En la década de 1890, la religión aparece con fuerza en obras como Nazarín, Halma y Misericordia. Un análisis publicado en El Ciervo recuerda que estas novelas conectan con la búsqueda de un cristianismo más fiel al Evangelio y menos aliado con el poder. (El Ciervo)

Nazarín es especialmente reveladora. Su protagonista es un sacerdote pobre, libre, extraño, casi quijotesco, que intenta vivir el Evangelio con radicalidad. No es un funcionario de lo sagrado, ni un clérigo de comodidades, ni un predicador de fórmulas. Es un hombre que quiere parecerse a Cristo hasta las últimas consecuencias. Comparte lo poco que tiene, se desprende de los bienes, soporta incomprensiones, y parece loco precisamente porque toma en serio aquello que muchos cristianos han domesticado.

Desde mi condición sacerdotal, me parece imposible leer Nazarín sin sentir cierta incomodidad. Porque Galdós, con toda su mirada crítica, nos recuerda que el cristianismo no nació para ser una institución de prestigio, sino una forma de vida siguiendo al Crucificado. Nos recuerda que un sacerdote puede perder credibilidad no solo por sus pecados, sino también por su comodidad. Y nos recuerda que el Evangelio, cuando se vive de verdad, siempre tiene algo de escándalo.

Misericordia, por su parte, es quizá una de las novelas más cristianas de Galdós, aunque no lo sea en sentido devocional o catequético. Allí aparece Benina, una mujer pobre, mendiga, servicial, capaz de sostener a otros desde una bondad humilde y silenciosa. Benina no necesita discursos religiosos para parecer evangélica. Su vida misma es una parábola de la compasión.

En estos personajes se percibe una espiritualidad profunda: no necesariamente una ortodoxia doctrinal expresada de manera explícita, sino una búsqueda de autenticidad, de misericordia, de libertad interior y de verdad moral. Galdós parece decirnos que una religión sin humanidad se convierte en caricatura, mientras que una humanidad vivida con misericordia puede transparentar a Dios incluso cuando no lo nombra.

Galdós ante la Iglesia: crítica, no simple rechazo

Galdós fue crítico frente a la Iglesia católica de su tiempo, especialmente cuando la veía demasiado vinculada al poder, al control social o a la intolerancia. Pero su crítica no debe confundirse con desprecio superficial hacia la fe. Más bien parece una crítica nacida del deseo de una religión más limpia, más libre y más evangélica.

En sus novelas, la religión puede aparecer como fuerza de opresión cuando se vuelve fanatismo, pero también como camino de redención cuando se convierte en caridad. Galdós desconfía del dogmatismo cerrado, pero admira la autenticidad. Cuestiona la apariencia piadosa, pero se inclina ante la bondad verdadera. Rechaza la religión como máscara social, pero se conmueve ante la fe que se hace servicio.

Como creyente, esto me resulta particularmente interpelante. Porque a veces los escritores críticos ayudan a la Iglesia más de lo que pensamos. No porque tengan siempre razón en todo, sino porque nos obligan a preguntarnos si estamos transparentando el rostro de Cristo o simplemente defendiendo estructuras, costumbres y seguridades.

Galdós nos pone delante de una pregunta incómoda: ¿qué queda del cristianismo cuando se le quita el poder? Si queda misericordia, verdad, libertad, pobreza evangélica y amor por los pequeños, entonces queda el Evangelio. Si no queda nada, tal vez lo que había no era Evangelio, sino decoración religiosa.

Su muerte: ceguera, pobreza y reconocimiento popular

Los últimos años de Benito Pérez Galdós fueron difíciles. La enfermedad, la pérdida progresiva de la vista, los problemas económicos y el cansancio físico fueron apagando al gran observador de España. Desde 1913 estaba ciego, y su salud se agravó en los meses finales. Murió en la madrugada del 4 de enero de 1920, aproximadamente a las tres y media, en la casa de su sobrino José Hurtado de Mendoza, en la calle Hilarión Eslava de Madrid. Su enfermedad se había complicado por uremia e insuficiencia cardíaca. (BienMeSabe)

Hay algo profundamente simbólico en esa muerte: el hombre que había visto como pocos las contradicciones de España terminó sus días ciego. El novelista que había sabido mirar la pobreza, la hipocresía, la ternura, la ambición, la fe y la desesperanza, perdió la luz física, pero no la luz literaria. Su cuerpo fue velado con honores, y la noticia de su muerte conmovió tanto a Madrid como a su tierra natal canaria. (BienMeSabe)

No me atrevería a inventar una escena piadosa sobre su final. No sé, con certeza suficiente, cómo fue su último diálogo interior con Dios. Pero sí sabemos que murió como mueren los grandes hombres: dejando una obra que sigue interrogando. Y en su caso, interrogando también a los creyentes.

La pregunta por Dios en un escritor incómodo

¿Creía Galdós en Dios? Quizá habría que responder con prudencia. No fue un católico convencional, ni un escritor sometido dócilmente a la sensibilidad eclesiástica de su época. Fue liberal, crítico, incómodo, a veces durísimo con los ambientes clericales. Pero su obra no respira ateísmo vulgar ni indiferencia espiritual. Respira búsqueda. Respira hambre de verdad. Respira una profunda preocupación por el bien, por la justicia y por la misericordia.

Tal vez Galdós creyó más en el Dios del Evangelio que en el Dios de ciertas instituciones de su tiempo. Tal vez no pudo reconciliarse plenamente con la Iglesia visible que conoció, pero sí supo reconocer la grandeza moral del cristianismo cuando se hacía caridad, pobreza, perdón y servicio. Tal vez su espiritualidad fue la de un hombre que desconfiaba de las palabras religiosas cuando no estaban respaldadas por obras.

Por eso, leído desde la fe, Galdós no es un enemigo. Es un interlocutor. Un escritor que nos incomoda sanamente. Un novelista que nos pregunta si nuestra religión mira a Marianela o la ignora; si nuestros ojos son capaces de ver a los pobres; si nuestra fe es misericordia o simple apariencia; si hablamos mucho de Dios pero reconocemos poco su presencia en los humillados.

Galdós y mi memoria de lector creyente

Vuelvo entonces a mi adolescencia. Vuelvo a Marianela. Vuelvo a aquella telenovela El juramento. Vuelvo a José Feliciano cantando “No hay sombra que me cubra”. Vuelvo a esa mezcla de literatura, televisión, música y sensibilidad juvenil que nos marca para siempre.

Quizá en aquel tiempo yo no tenía las palabras para formularlo, pero hoy entiendo mejor por qué esa historia me conmovió tanto. Porque Nela representaba a todos los seres humanos que no son mirados con amor. Porque Pablo representaba la ambigüedad de nuestros afectos: a veces amamos una imagen, no una persona. Porque la luz física, paradójicamente, puede revelar también una ceguera más profunda. Y porque Galdós, sin escribir una novela piadosa, me estaba acercando a una pregunta profundamente cristiana: ¿sabemos mirar como mira Dios?

Eso es lo que los grandes escritores hacen con nosotros. Nos acompañan durante años. Nos dejan heridas, símbolos, escenas, melodías. Y un día, mucho tiempo después, descubrimos que aquello que nos emocionó en la juventud tenía un sentido más hondo.

Benito Pérez Galdós no fue un santo de estampita. Fue un escritor complejo, liberal, crítico, apasionado por la verdad humana, incómodo para los conservadores de su tiempo y también difícil de encasillar para los lectores religiosos. Pero precisamente por eso sigue siendo necesario. Porque nos recuerda que la fe no puede separarse de la vida, que la religión no debe convertirse en máscara, y que Dios puede estar más cerca de una pobre muchacha despreciada que de una sociedad orgullosa de sus apariencias.

Cada 10 de mayo, al recordar su nacimiento, no solo celebramos a un gigante de la literatura española. Celebramos a un hombre que supo mirar las sombras de su tiempo y buscar, entre ellas, alguna luz. Y quizá esa luz, aunque él no siempre la nombrara con lenguaje devoto, era la misma que sigue brillando en el corazón del Evangelio: la dignidad de los pobres, la misericordia de los humildes y la belleza escondida de quienes solo Dios sabe mirar plenamente.

 

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