Al cumplirse cien años del nacimiento de la gran
escritora mexicana, recuerdo el universo de Memín Pinguín, su entrañable “Ma’
Linda” y aquellos amigos que también acompañaron mi niñez.
Por tanto, este 18 de julio de 2026 se cumplen
cien años de su nacimiento. Y es una ocasión inmejorable para recordarla.
La mujer que llenó de historias
mi infancia
Hay escritores a quienes uno descubre cuando ya
conoce el significado de la palabra literatura. Otros, en cambio, llegan mucho
antes: entran en nuestra vida cuando somos niños, se sientan junto a nosotros y
terminan formando parte de nuestros recuerdos familiares.
Yolanda Vargas Dulché pertenece, para mí, a este
segundo grupo.
Su nombre quizás no me resultaba familiar durante
mis primeros años, pero su criatura más célebre sí lo era. Crecí rodeado de Memín
Pinguín, de su madre, la inolvidable Eufrosina —su “Ma’ Linda”, a quien
muchos lectores llamábamos cariñosamente “Gran Ma”—, y de sus inseparables
amigos Carlos “Carlangas” Arozamena, Ernesto Vargas y Ricardo Arcaraz.
Aquel mundo me conquistó desde muy niño.
Las revistas de Memín no eran para mí simples
cuadernos de historietas. Cada ejemplar abría una ventana hacia un universo
donde cabían la travesura y el sufrimiento, la escuela y la calle, el fútbol y
las peleas, la pobreza y la dignidad, el compañerismo, los errores, el
arrepentimiento y el inmenso amor de una madre.
Memín podía hacernos reír con sus ocurrencias y,
pocas páginas después, conmovernos hasta las lágrimas. Era inquieto, exagerado,
ingenuo, a veces incorregible, pero poseía un corazón noble. Se equivocaba,
recibía las consecuencias de sus actos y volvía a levantarse. Sobre todo, amaba
entrañablemente a su madre.
Tal vez allí se encontraba uno de los grandes
secretos de la historieta: los lectores no solamente contemplábamos las
aventuras de unos personajes; sentíamos que caminábamos con ellos. Éramos, de
alguna manera, el quinto integrante de aquella pandilla.
Una infancia pobre que se
convirtió en semillero de personajes
Yolanda fue hija de Armando Vargas de la Maza,
periodista, actor y cineasta, y de Josefina Dulché. Sus padres se separaron
cuando ella tenía apenas cinco años. Durante algún tiempo fue internada en un
colegio de religiosas, experiencia que, según contó muchos años después,
resultó especialmente dura.
Regresó después al lado de su madre, pero el padre
ya no vivía con ellas. Yolanda, su madre y su hermana Elba tuvieron que
enfrentar estrecheces económicas y frecuentes cambios de residencia y escuela.
Paradójicamente, aquella inestabilidad le permitió
conocer niños de ambientes muy diversos. Observó sus maneras de hablar, sus
juegos, sus conflictos y sus sueños. Muchos de esos rostros terminarían
reapareciendo, transformados por la imaginación, en sus historietas.
Durante la secundaria escribió en una libreta un
texto autobiográfico titulado Cristal. Quería —según explicó ella misma—
contar su vida con transparencia, “sin ninguna opacidad”. Más tarde envió
algunos cuentos a El Universal, que fueron publicados con comentarios
favorables.
Era autodidacta. No tuvo una formación
universitaria, pero poseía tres dones esenciales para una narradora: sabía
observar, sabía escuchar y comprendía el corazón humano.
De cantante a contadora de
historias
Antes de alcanzar la fama como escritora, Yolanda y
su hermana Elba incursionaron en el canto. Formaron el dueto Rubia y Morena
y actuaron en la famosa emisora XEW. Interpretaron canciones relacionadas con
figuras como Agustín Lara, Pedro Vargas y Toña la Negra.
La música, sin embargo, no proporcionaba
suficientes ingresos. Yolanda comenzó entonces a escribir cuentos, reportajes y
argumentos para historietas. Colaboró con publicaciones como El Universal,
Esto, Chamaco Chico y Pepín, perteneciente a la cadena
editorial de José García Valseca.
La Enciclopedia de la Literatura en México sitúa sus
primeras publicaciones en 1941, sus reportajes en Esto en 1943 y la
consolidación de Memín Pinguín hacia 1945.
En aquellas redacciones se trabajaba a una
velocidad hoy difícil de imaginar. El argumento debía escribirse, convertirse
en guion, dividirse en escenas y pasar a dibujantes, fondistas y letristas.
Todo debía estar preparado para la siguiente edición. Yolanda demostró una
extraordinaria capacidad para producir relatos populares sin perder el hilo
emocional de sus personajes.
El nacimiento de Memín Pinguín
Memín apareció inicialmente dentro de una sección
llamada Almas de niño. En aquella primera etapa era un personaje
secundario, pero su personalidad fue creciendo hasta reclamar una historia
propia.
El nombre tenía un origen afectivo. Guillermo de la
Parra, entonces novio de Yolanda y posteriormente su esposo, le contó que de
niño era tan travieso que lo llamaban “Pingo” o “Memín Pinguín”. Ella tomó el
apodo y se lo entregó a su personaje.
Su apariencia estuvo relacionada con un viaje que
Yolanda realizó a Cuba junto con su hermana. Allí observó a niños
afrodescendientes que llamaron poderosamente su atención. Con el tiempo,
diversos dibujantes ayudaron a definir gráficamente al personaje. Entre ellos
sobresalió Sixto Valencia, responsable de la imagen más reconocida de Memín.
Yolanda decía que, cuando un personaje adquiría
verdadera fuerza, comenzaba a moverse solo y ella se limitaba a seguirlo.
Confesó que muchas veces se reía mientras escribía las ocurrencias del pequeño.
Su madre le preguntaba de qué se reía, y Yolanda respondía que de las
“tarugadas” de Memín.
Pero detrás de las travesuras había algo profundamente
autobiográfico. Memín crecía sin padre y encontraba en Eufrosina el centro de
su universo. Yolanda reconoció que el amor de Memín hacia su madre reflejaba el
amor que ella misma había sentido por Josefina Dulché, la mujer con quien había
compartido las dificultades de su infancia.
Eufrosina: pobreza, maternidad y
dignidad
No se puede hablar de Memín sin hablar de
Eufrosina.
La madre de Memín era pobre, trabajadora,
protectora y enérgica. Podía reprender severamente a su hijo, pero también era
capaz de sacrificarse por él hasta el extremo. No poseía bienes ni educación
académica, pero tenía algo mucho más grande: dignidad.
En ella reconocíamos a tantas madres
latinoamericanas que han criado a sus hijos en medio de la escasez; mujeres que
trabajan, corrigen, cocinan, consuelan, rezan y hacen milagros cotidianos para
que el alimento alcance.
Desde una lectura pastoral, el vínculo entre Memín
y su madre tocaba una verdad profundamente humana: somos salvados muchas veces
por personas sencillas cuyo amor permanece cuando todo lo demás falla. En
Eufrosina había dureza exterior y ternura inmensa; pobreza material y una
extraordinaria riqueza de corazón.
Una obra mucho más amplia que
Memín
Aunque Memín fue su personaje más popular, Yolanda
Vargas Dulché creó más de sesenta historias. Entre las más conocidas se
encuentran:
- María
Isabel
- Rubí
- Yesenia
- El
pecado de Oyuki
- Ladronzuela
- Encrucijada
- Gabriel
y Gabriela
- Vagabundo
- Cinco
rostros de mujer
Muchas de ellas pasaron de la historieta a la
radio, el cine y la televisión. María Isabel, Rubí, Yesenia
y El pecado de Oyuki conocieron adaptaciones que alcanzaron enorme
popularidad dentro y fuera de México.
Sus protagonistas femeninas no siempre respondían
al modelo de la mujer resignada y pasiva. Algunas luchaban contra los
prejuicios sociales; otras se enfrentaban a la pobreza, la marginación o el
abandono. Rubí, por ejemplo, encarnaba la inteligencia y la belleza utilizadas
al servicio de la ambición. María Isabel representaba la nobleza y dignidad de
una mujer indígena. Oyuki permitía asomarse —con los límites propios de la
mirada occidental de entonces— a la cultura japonesa.
Yolanda escribía melodramas, pero conocía muy bien
las posibilidades del género. Sabía que la vida popular no está compuesta
solamente por ideas abstractas: está hecha de afectos, pérdidas, injusticias,
amores, traiciones, lágrimas y esperanzas.
De escritora popular a empresaria
En 1951957 Yolanda se separó de la organización
editorial de García Valseca y fundó con su esposo Guillermo de la Parra la
Editorial Argumentos, que posteriormente se convertiría en Editorial Vid.
El camino no estuvo exento de dificultades. Hubo
fracasos iniciales, riesgos financieros y necesidad de comenzar nuevamente. Sin
embargo, el éxito de publicaciones como Lágrimas, Risas y Amor consolidó
el proyecto.
Yolanda llegó a ser una de las escritoras más
leídas de México. Sus historias circularon no solamente por América Latina,
sino también por países como Italia, Indonesia, China, Japón y Filipinas. En
Colombia, Memín encontró un público especialmente fiel. Sus revistas pasaban de
mano en mano, se intercambiaban, se coleccionaban y se volvían a leer.
Junto con su esposo incursionó también en la
industria hotelera. Aquella niña que había conocido la pobreza llegó a
convertirse en una importante empresaria, sin abandonar nunca su oficio
esencial: contar historias.
¿Cuál era su creencia religiosa?
No he encontrado una fuente biográfica
suficientemente sólida que permita afirmar con precisión cuál era su práctica
religiosa personal, ni sería responsable atribuirle una militancia confesional
que no está documentada.
Sabemos que durante una etapa de su niñez estuvo
interna en un colegio de religiosas. Además, en sus obras aparecen convicciones
morales cercanas al ambiente cristiano y popular del México de su tiempo: el
valor de la familia, el sacrificio materno, el arrepentimiento, el perdón, la
recompensa del bien y la convicción de que cada persona cosecha aquello que
siembra.
Ella misma afirmaba que las vidas sufridas
terminaban encontrando alguna recompensa y que, tarde o temprano, “todo se
paga”. Sin embargo, estas ideas deben presentarse como parte de su sensibilidad
moral y de su visión narrativa, no como prueba concluyente de una fe católica
explícitamente practicada.
Lo cierto es que sus mejores personajes expresan
una confianza persistente en la posibilidad de la conversión. En sus historias
casi nadie es completamente bueno ni absolutamente malo. Las personas se
equivocan, hieren, sufren, aprenden y algunas veces cambian. Esa mirada
compasiva constituye uno de los rasgos más humanos de su literatura.
Memín ante la sensibilidad de
nuestro tiempo
Un homenaje verdadero no debe convertirse en una
idealización incapaz de reconocer las preguntas que el paso del tiempo plantea.
La representación gráfica de Memín utilizó rasgos
exagerados procedentes de antiguas caricaturas raciales. La controversia
alcanzó especial intensidad en 2005, cuando México emitió una serie de
estampillas con su imagen. Investigadores y organizaciones afrodescendientes
señalaron que esa apariencia reproducía estereotipos ofensivos y contribuía a
normalizar formas de discriminación. La discusión fue estudiada incluso en
ámbitos académicos, como muestra este análisis sobre Memín, racismo y discriminación.
No debemos negar esa dimensión. Una cosa es el
cariño que millones de lectores sentimos por el personaje y por los valores de
sus historias, y otra la necesidad de examinar críticamente una iconografía nacida
en un contexto cultural diferente.
Podemos conservar la memoria afectiva y, al mismo
tiempo, aprender. Podemos reconocer la intención de presentar a un niño noble,
alegre y digno, pero también escuchar a quienes encuentran dolorosa su
representación. La nostalgia no debe cerrar nuestros ojos ante la dignidad de
los pueblos afrodescendientes.
En Colombia, tierra de una inmensa riqueza
afrocolombiana, esta lectura resulta especialmente necesaria. El mejor homenaje
a Memín sería conservar su alegría, su amor filial y su sentido de la amistad,
pero liberarlo de cuanto pueda reducir a una persona a una caricatura de su
raza.
Sus últimos años
Yolanda continuó participando en adaptaciones de
sus obras durante las últimas décadas de su vida. Alondra, estrenada en
1995 e inspirada en su historia Casandra, fue uno de sus últimos grandes
éxitos televisivos. También intervino en la nueva adaptación de María Isabel,
emitida entre 1997 y 1998.
En sus últimos años trabajaba en Aroma del
tiempo, obra de carácter autobiográfico que quedó inconclusa.
Falleció durante la madrugada del 8 de agosto de
1999, en su residencia del Pedregal de San Ángel, en Ciudad de México.
Estaba acompañada por su esposo, Guillermo de la Parra. Según el testimonio
familiar recogido por la prensa, su muerte fue inesperada: la noche anterior
todavía había compartido y bromeado con los suyos.
Dejó cinco hijos, numerosos nietos y una familia
vinculada al mundo de la cultura. Entre sus descendientes se encuentran la
directora de orquesta Alondra de la Parra y el actor y cantante Mané de la
Parra.
La mamá de Memín
Cuando pienso en Yolanda Vargas Dulché, no pienso
solamente en cifras de ventas, editoriales, películas o telenovelas. Pienso en
una mujer que supo entrar en el corazón de los niños sin tratarlos como seres
incapaces de comprender el sufrimiento.
En las páginas de Memín había humor, pero también
pobreza; aventuras, pero también discriminación; travesuras, pero también
consecuencias; lágrimas, pero nunca desesperanza definitiva.
Hoy comprendo que aquellas revistas también me
enseñaron algo acerca de la amistad. Carlangas, Ernestillo y Ricardo tenían
temperamentos y condiciones sociales diferentes, pero permanecían unidos.
Discutían, se peleaban, se reconciliaban y volvían a caminar juntos. En aquel
grupo cabían la diversidad, la lealtad y el aprendizaje de vivir con otros.
Y estaba siempre la Gran Ma, Eufrosina,
recordándonos que detrás de muchos niños inquietos existe una madre que espera,
trabaja y ama.
Por eso, al cumplirse cien años del nacimiento de
Yolanda Vargas Dulché, quiero recordarla desde la gratitud. Fue la “Reina de
las Historietas”, pero para varias generaciones será siempre algo más
entrañable: la mamá literaria de Memín.
Gracias, doña Yolanda, por aquel niño travieso que
se coló en nuestras casas; por sus amigos inseparables; por la nobleza de
Eufrosina; por enseñarnos que también se puede llorar leyendo una historieta y
que la literatura popular, cuando nace de la observación y la empatía, puede
acompañarnos durante toda la vida.
Aquel mundo dibujado en pequeñas viñetas no fue
para mí un pasatiempo cualquiera. Fue parte de mi infancia. Y cada vez que
recuerdo a Memín corriendo hacia los brazos de su “Ma’ Linda”, vuelvo por un
instante a ser aquel niño que abría una revista y encontraba dentro de ella un
mundo entero.

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