En entradas anteriores les decía que esta semana quería dedicarla a reflexionar sobre la libertad. Primero propuse la película Sueños de fuga (The Shawshank Redemption), una obra profundamente humana sobre la esperanza que resiste incluso en medio de los muros. También sugería leer el Evangelio del domingo desde el prisma de la libertad interior: esa libertad que no consiste simplemente en hacer lo que uno quiere, sino en descubrir qué nos hace verdaderamente humanos.
Como un tercer momento de esta reflexión, me parece oportuno volver la mirada hacia la vida y la obra de uno de los cineastas más hondos del siglo XX: Krzysztof Kieślowski, director polaco nacido el 27 de junio de 1941 en Varsovia y fallecido el 13 de marzo de 1996, también en Varsovia, a los 54 años. Algunas fuentes registran su muerte el 13 de marzo y otras el 14, porque falleció durante una cirugía cardíaca tras haber sufrido un infarto; lo cierto es que su partida fue temprana y dejó una sensación de obra interrumpida. (Culture.pl)
Kieślowski es conocido internacionalmente por obras como El Decálogo, La doble vida de Verónica y la trilogía Tres colores: Azul, Blanco y Rojo. Su cine no es de respuestas fáciles. Es un cine de silencios, miradas, coincidencias, heridas secretas, decisiones morales y preguntas que no se dejan domesticar. Culture.pl lo presenta como un realizador de mérito excepcional, reconocido mundialmente por esas obras, y subraya que sus historias sencillas tratan cuestiones difíciles, fundamentales y universales sobre los sentimientos humanos. (Culture.pl)
Debo decir que me encontré por primera vez con el nombre y la obra de Kieślowski en 1999, estando en Medellín. Un compañero del seminario me recomendó ver una de las películas de su famosa trilogía: Azul (Trois couleurs: Bleu). Debo confesar que, en aquella primera experiencia, me pareció un cine lento, adormecedor, tedioso y casi sin sentido. Tal vez yo esperaba otra cosa. Tal vez no tenía todavía la paciencia interior que exige este tipo de cine. Tal vez ciertas películas no se ven solamente con los ojos, sino también con las heridas, las preguntas y la madurez que uno va acumulando con los años.
Con el tiempo me acerqué de nuevo a su cine desde otra perspectiva. Entonces comencé a descubrir en él un lenguaje íntimo, simbólico y profundamente espiritual. Kieślowski no predica, no impone, no explica demasiado. Más bien sugiere. Coloca al espectador frente a una situación humana y le pregunta en silencio: ¿qué harías tú?, ¿qué hay realmente en tu corazón?, ¿hasta dónde llega tu libertad?, ¿qué precio tiene una decisión?, ¿puede el azar ser también una forma misteriosa de providencia?
Aunque durante mucho tiempo solo había visto Azul, supe que las otras dos películas de la trilogía —Blanco y Rojo— completaban una reflexión inspirada en los colores de la bandera francesa y en los ideales de la Revolución: libertad, igualdad y fraternidad. Pero Kieślowski no toma esos valores como consignas políticas, sino como realidades humanas ambiguas, frágiles y muchas veces dolorosas. En Azul, por ejemplo, la libertad aparece ligada al duelo, al desprendimiento y al intento de cortar todos los vínculos después de una pérdida devastadora. Pero la película nos muestra que nadie se libera verdaderamente aislándose de los demás.
Ese es uno de los grandes temas de Kieślowski: el ser humano necesita abrirse, comunicarse, dejarse tocar por los otros. Puede intentar esconderse, desaparecer, encerrarse en su dolor o en su orgullo, pero la vida vuelve a llamarlo. Una mirada, una música, un vecino, una casualidad, una llamada, una culpa o una ausencia pueden romper la muralla que uno había levantado.
Para quienes amamos el cine con sentido, el cine que no se agota en el entretenimiento, Kieślowski es una de las mejores opciones. Su cine exige paciencia, pero recompensa con profundidad. No es un cine de velocidad, sino de contemplación. No es un cine de ruido, sino de resonancias interiores. No se trata de “entenderlo todo”, sino de dejarse interpelar.
Uno de sus trabajos más importantes es El Decálogo, serie de diez películas realizadas para la televisión polaca a finales de los años ochenta, inspiradas libremente en los Diez Mandamientos. No son catequesis filmadas ni sermones audiovisuales. Son dramas humanos en los que cada mandamiento se convierte en una pregunta existencial. El primer episodio, por ejemplo, ha sido descrito como una confrontación entre razón y fe, presentada como drama psicológico. (Culture.pl)
Hasta el momento he visto algunos episodios de El Decálogo, entre ellos los relacionados con “amar a Dios sobre todas las cosas”, “no tomar su nombre en vano” y “santificar las fiestas”. Lo que más impresiona es que Kieślowski no simplifica la vida moral. No divide el mundo entre buenos y malos. Más bien muestra personas comunes, vulnerables, contradictorias, capaces de amar y de herir, de buscar la verdad y de equivocarse, de actuar con buena intención y provocar consecuencias dolorosas.
En ese sentido se entiende la frase atribuida a Edward Żebrowski: en el cine de Kieślowski no hay hombres malos en sentido absoluto. Hay seres humanos atrapados en circunstancias difíciles, heridos por la vida, empujados por el deseo, por el miedo, por la culpa, por la soledad o por la necesidad de ser amados. Su mirada no es ingenua, pero sí profundamente compasiva.
Aquí hay una clave muy cercana a la sensibilidad cristiana: mirar al ser humano no solo desde su culpa, sino también desde su fragilidad. El mal existe, el pecado existe, la responsabilidad moral existe; pero también existen las heridas, las búsquedas, los condicionamientos, los silencios, las historias no contadas. Kieślowski parece filmar siempre desde esa zona donde la ética se encuentra con el misterio.
Sobre Dios, Kieślowski fue reservado, a veces irónico, a veces enigmático. Se le atribuye una frase muy conocida: “Yo no creo en Dios, pero mantengo una buena relación con Él”. Más allá de la ironía, su obra demuestra que el tema de Dios, de la conciencia, de la culpa, de la esperanza y de la trascendencia le importaba profundamente. Algunas fuentes lo describen como agnóstico, pero también señalan que consideraba el Antiguo Testamento y el Decálogo bíblico como una brújula moral para tiempos difíciles. (Wikipedia)
Esto resulta fascinante: un director que no hace cine religioso en sentido convencional, pero cuya obra está llena de preguntas religiosas. Un hombre que parece resistirse a definirse creyente, pero que no puede dejar de mirar hacia Dios, aunque sea desde la duda. Un artista que no proclama dogmas, pero se atreve a mirar de frente aquello que muchas veces la cultura contemporánea prefiere evitar: la culpa, la conciencia, la muerte, la libertad, la responsabilidad, el amor y el misterio.
Kieślowski murió joven, después de haber anunciado su retiro del cine tras Rojo, estrenada en 1994. Al momento de su muerte trabajaba con su colaborador Krzysztof Piesiewicz en una nueva trilogía inspirada en el cielo, el infierno y el purgatorio; esos guiones serían llevados posteriormente al cine por otros directores. (Wikipedia)
Su tumba, en el cementerio Powązki de Varsovia, tiene una escultura sencilla y profundamente simbólica: unas manos que forman el encuadre de una cámara. Es una imagen perfecta para resumir su vocación: mirar la vida, encuadrar el misterio, detenerse en lo aparentemente pequeño y descubrir allí una pregunta inmensa.
A quienes todavía no se han acercado a su cine, les recomendaría comenzar con paciencia. Quizás Azul pueda parecer lenta en un primer momento, pero es una meditación preciosa sobre el duelo, la libertad y la imposibilidad de vivir sin vínculos. La doble vida de Verónica es una obra misteriosa sobre la identidad, la intuición y las conexiones invisibles. Rojo puede ser una puerta de entrada magnífica a su universo, porque condensa con belleza su preocupación por la fraternidad, el azar y la posibilidad de encontrarnos unos con otros. Y El Decálogo sigue siendo una de las obras más profundas que se hayan realizado para la televisión.
Krzysztof Kieślowski no fue simplemente un director de cine. Fue un explorador del alma humana. Su cámara no buscaba solo contar historias, sino abrir grietas por donde entrara la pregunta. En tiempos de superficialidad, su cine nos invita a detenernos. En tiempos de ruido, nos enseña el valor del silencio. En tiempos de individualismo, nos recuerda que nadie se salva solo. Y en tiempos en que la libertad suele confundirse con capricho, nos muestra que la verdadera libertad pasa por la verdad, la responsabilidad, la vulnerabilidad y el amor.
Quizás por eso su cine sigue vivo. Porque no pertenece únicamente a Polonia, ni a Francia, ni a una época concreta. Pertenece a todo ser humano que alguna vez se ha preguntado: ¿qué sentido tiene mi vida?, ¿soy realmente libre?, ¿qué hago con mi culpa?, ¿a quién necesito perdonar?, ¿quién me está llamando desde el otro lado de mi soledad?
Kieślowski no nos entrega respuestas cerradas. Nos deja preguntas. Y a veces, en el arte como en la fe, una buena pregunta puede ser el comienzo de una verdadera conversión interior.
Para acercarse a Kieślowski
Obras recomendadas:
- El Decálogo — diez relatos inspirados libremente en los Diez Mandamientos.
- No matarás — versión ampliada de uno de los episodios de El Decálogo.
- No amarás — otra ampliación cinematográfica nacida de la serie.
- La doble vida de Verónica — una meditación poética sobre identidad, intuición y misterio.
- Tres colores: Azul — libertad, duelo y reconstrucción interior.
- Tres colores: Blanco — igualdad, humillación y revancha.
- Tres colores: Rojo — fraternidad, soledad y vínculos invisibles.
Datos básicos:
Krzysztof Kieślowski nació en Varsovia el 27 de junio de 1941. Estudió en la Escuela de Cine de Łódź y comenzó su carrera como documentalista antes de pasar al cine de ficción. Alcanzó reconocimiento mundial con El Decálogo, La doble vida de Verónica y la trilogía Tres colores. Murió en marzo de 1996, a los 54 años, dejando una de las filmografías más profundas y espiritualmente inquietantes del cine europeo contemporáneo. (Culture.pl)


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