Este 10 de julio de 2026 se cumplen cien años del
nacimiento de Fred Gwynne, actor, dibujante, escritor y hombre de teatro
que quedó para siempre en la memoria popular gracias a su inolvidable
interpretación de Herman Munster.
Cuando escucho su nombre, no pienso primero en una
filmografía, en premios o en fechas. Regreso, más bien, a mis años de infancia,
cuando la televisión tenía todavía algo de acontecimiento familiar, de ventana
maravillosa que se abría sobre mundos desconocidos. Yo era un televidente
infantil apasionado. Esperaba con entusiasmo aquellas series que, sin saberlo
entonces, irían dejando personajes, melodías, valores y emociones en mi
memoria.
Entre ellas ocupaba un lugar muy especial Los
Munsters, conocida también en nuestros países como La familia Monster.
Allí estaba Herman: enorme, torpe, escandaloso, desenfadado y divertido. Su
apariencia reproducía claramente la imagen de la criatura de Frankenstein, uno
de los grandes iconos de la literatura y del cine de terror. Pero, para
sorpresa de todos, aquel rostro que debía causarnos miedo despertaba más bien
simpatía, confianza y cariño.
Herman no era un monstruo aterrador. Era un padre
de familia tierno.
El monstruo que no daba miedo
Frankenstein —o, para ser más exactos, la criatura
concebida por Mary Shelley— había entrado en la imaginación occidental como
símbolo del misterio, de la ciencia descontrolada, de la soledad y del espanto.
El cine acentuó sus rasgos amenazantes: la frente enorme, las cicatrices, los
movimientos pesados y los tornillos en el cuello.
Herman Munster tenía todos esos elementos. Sin
embargo, Fred Gwynne realizó una especie de milagro interpretativo: convirtió
aquella figura temible en un hombre bonachón, trabajador, enamorado de su
esposa, preocupado por su hijo y capaz de reírse de sí mismo.
En la casa del 1313 de Mockingbird Lane podían
encontrarse vampiros, monstruos y decoraciones funerarias. No obstante, detrás
de aquel ambiente lúgubre había una familia bastante normal: discutían, se
reconciliaban, se ayudaban, celebraban y procuraban permanecer unidos. La
serie, emitida originalmente entre 1964 y 1966, transformaba a los monstruos
clásicos en una familia doméstica y entrañable. (Wikipedia)
Mirándola de niño, quizá yo no podía formularlo de
esta manera, pero allí había una enseñanza que el tiempo me ha ayudado a
comprender: no siempre lo extraño es peligroso ni todo lo que parece normal
es necesariamente bueno.
Herman inspiraba sentimientos contrarios al miedo.
Su figura descomunal protegía. Su torpeza hacía reír. Su ingenuidad enternecía.
Y su fidelidad a la familia permitía descubrir que la verdadera humanidad no
depende del aspecto exterior.
Detrás del maquillaje estaba Fred
Gwynne
Frederick Hubbard Gwynne nació en Nueva York el 10
de julio de 1926. Era un hombre de notable estatura —alrededor de 1,96 metros—,
de rostro alargado y de voz profunda, características que condicionaron algunos
de sus papeles, pero que nunca agotaron la amplitud de su talento. (The Independent)
Antes de dedicarse plenamente a la actuación sirvió
como radiotelegrafista en la Marina estadounidense durante la Segunda Guerra
Mundial, a bordo de un buque dedicado a la persecución de submarinos. Después
estudió arte y pasó por la Universidad de Harvard, donde participó activamente
en el teatro universitario, el canto y la revista humorística Harvard
Lampoon, de la cual llegó a ser presidente. (VA News)
Estos datos permiten descubrir que Fred Gwynne no
fue simplemente un hombre muy alto a quien vistieron de monstruo. Fue un
artista culto y versátil. Podía actuar, cantar, dibujar, escribir e ilustrar.
Poseía una magnífica voz de barítono y desarrolló una importante carrera
teatral, además de trabajar en televisión, cine y radioteatro. (The Official Masterworks Broadway Site)
Su primer gran reconocimiento televisivo llegó
interpretando al agente Francis Muldoon en la comedia policial Car 54, Where
Are You?, emitida entre 1961 y 1963. Poco después apareció la oportunidad
que marcaría su vida: encarnar a Herman Munster. (People.com)
El peso de convertirse en un
icono
Dar vida a Herman no era un trabajo sencillo. Gwynne
debía soportar un maquillaje laborioso, un traje acolchado y unas pesadas botas
que aumentaban todavía más su tamaño. Pero la carga más difícil llegó después:
el personaje se volvió tan popular que durante algún tiempo los productores
tuvieron dificultades para imaginar al actor desempeñando otros papeles.
Es el riesgo que corren quienes encarnan un
personaje demasiado querido: el público termina confundiendo al actor con la
criatura.
Gwynne sufrió el encasillamiento. Deseaba ser
reconocido como actor y no únicamente como “el hombre de Los Munsters”. Aun
así, con el paso del tiempo terminó manifestando afecto por Herman,
reconociendo que, pese a sus esfuerzos por distanciarse, no podía dejar de
querer a aquel personaje. (Wikipedia)
Hay algo profundamente humano en esa
reconciliación. Algunas experiencias nos acompañan incluso cuando tratamos de
superarlas. A veces creemos que una etapa de nuestra historia nos ha limitado,
pero con los años comprendemos que también nos abrió caminos, nos permitió
alegrar a otros y nos regaló un lugar en su memoria.
Fred Gwynne fue mucho más que Herman Munster, pero
Herman también fue una parte entrañable de Fred Gwynne.
Un actor mucho más amplio que su
monstruo
Tras la cancelación de la serie, Gwynne regresó con
fuerza al teatro. Participó en montajes de autores como Tennessee Williams y
Thornton Wilder, y actuó en numerosas producciones regionales y de Broadway.
También desarrolló una extensa labor en el radioteatro, interviniendo en
decenas de episodios de CBS Radio Mystery Theater. (Wikipedia)
En el cine asumió papeles muy distintos. Apareció
en películas como The Cotton Club, Fatal Attraction, Ironweed,
The Secret of My Success y Pet Sematary. En esta última
interpretó al inquietante Jud Crandall, demostrando que aquella misma voz que
había provocado risas podía transmitir gravedad, misterio y temor. (Wikipedia)
Su última película fue My Cousin Vinny,
estrenada en 1992. Allí encarnó al severo juez Chamberlain Haller. Gwynne ya
estaba enfermo, pero entregó una actuación sobria y memorable. El antiguo
Herman Munster aparecía ahora completamente transformado: serio, autoritario,
inteligente y dueño de una precisión cómica extraordinaria. (People.com)
Con ese papel cerró dignamente su itinerario
cinematográfico, como quien recuerda al público que un buen actor nunca cabe
por completo dentro de un solo personaje.
El dibujante y escritor para
niños
Existe otra faceta menos conocida y muy hermosa:
Fred Gwynne escribió e ilustró libros infantiles.
Su formación artística y su sentido del humor se
unieron en obras construidas alrededor de los juegos de palabras, especialmente
de aquellas expresiones que los niños pueden interpretar literalmente. Entre
sus títulos más recordados se encuentran The King Who Rained y A
Chocolate Moose for Dinner. (Atlas Obscura)
No deja de ser significativo que el hombre famoso
por interpretar a un monstruo dirigiera buena parte de su creatividad hacia los
niños. Quizá comprendía bien su imaginación: ese territorio en el que las
palabras cobran vida, los objetos hablan, lo imposible se vuelve cercano y
hasta un monstruo puede convertirse en el mejor de los padres.
Sus libros muestran que Gwynne conservaba la
capacidad de asombro. Y conservarla es una forma de no envejecer del todo.
Un hombre atravesado también por
el dolor
La vida privada de Fred Gwynne no estuvo exenta de
sufrimiento. Se casó en 1952 con Jean Reynard, con quien tuvo cinco hijos. Uno
de ellos murió siendo muy pequeño, una pérdida que necesariamente dejó una
huella profunda en la familia. El matrimonio terminó años más tarde. En 1988
Gwynne contrajo segundas nupcias con Deborah Flater, quien lo acompañó durante
la etapa final de su vida. (Wikipedia)
En sus últimos años se alejó del ruido de Hollywood
y vivió en Maryland, dedicado a una existencia más reservada, cerca del campo,
del arte y de su hogar.
Murió el 2 de julio de 1993, ocho días antes de
cumplir 67 años, como consecuencia de un cáncer de páncreas. Falleció en su
casa de Taneytown, Maryland. Su última morada se encuentra en el cementerio de
la iglesia metodista Sandy Mount, en Finksburg. (Bibliotecas
de Virginia Tech)
¿Cuál era su fe?
Al intentar acercarnos a la dimensión espiritual de
Fred Gwynne debemos proceder con respeto. No abundan testimonios públicos
suficientemente claros que permitan reconstruir una práctica religiosa personal
o atribuirle convicciones que él mismo no dejó expresamente formuladas.
Sabemos que provenía de una familia con
antecedentes cristianos: su abuelo paterno, Walker Gwynne, había sido sacerdote
anglicano. También sabemos que fue sepultado en el cementerio de una comunidad
metodista. Sin embargo, estos datos no bastan para afirmar con certeza cuál era
su experiencia interior de fe durante la vida adulta. (Wikipedia)
Sería injusto inventarle una religiosidad para
hacer más edificante su historia. Pero sí podemos hacer una lectura espiritual
de su legado.
Hay obras que, sin predicar explícitamente, ayudan
a mirar al ser humano de otra manera. Herman Munster nos enseñó a descubrir
ternura bajo una apariencia desconcertante. Nos mostró una paternidad hecha de
trabajo, protección, fidelidad y buen humor. Y nos recordó que nadie debería
ser rechazado solamente porque es diferente.
Ese mensaje está muy cerca del Evangelio.
Jesús enseñó a mirar más allá de las apariencias.
Se acercó a quienes eran considerados impuros, extraños, enfermos o
indeseables. Allí donde otros veían una etiqueta, Él descubría una persona.
Allí donde la multitud veía un pecador, Cristo veía un hijo que podía regresar
a casa.
La pedagogía de la ternura
Tal vez por eso Herman Munster permanece tan vivo
en el recuerdo. No se limitó a parodiar el cine de terror. Invirtió sus
códigos.
El monstruo era el más inocente.
El personaje de aspecto aterrador era quien amaba
con mayor transparencia.
El hombre gigantesco era también el más parecido a
un niño.
Y la familia que todos consideraban anormal poseía
valores que muchas familias aparentemente normales habían olvidado.
Desde una mirada pastoral, esta comedia nos ofrece
una pequeña parábola sobre los prejuicios. Con frecuencia juzgamos a las
personas por el rostro, por su procedencia, por su modo de hablar, por sus
limitaciones, por el color de su piel o por la historia que cargan. Construimos
monstruos imaginarios antes de conocer el corazón de quienes tenemos delante.
Herman nos invitaba a reírnos de ese mecanismo. Los
Munsters se creían una familia completamente común y contemplaban con asombro a
quienes los consideraban extraños. La serie colocaba un espejo delante del
espectador: ¿quién es verdaderamente el diferente? ¿Quién decide lo que es
normal? ¿No puede esconderse una gran bondad bajo una apariencia que
inicialmente nos desconcierta?
Como enseña el relato bíblico de la elección de
David, el ser humano mira las apariencias, pero Dios mira el corazón.
El humor como expresión de
humanidad
También agradezco a Fred Gwynne la risa.
No toda risa es superficial. Existe una alegría que
cura, desarma la agresividad y permite soportar las dificultades cotidianas.
Herman Munster era trabajador y responsable, pero no convertía la seriedad de
la vida en amargura. Se equivocaba, exageraba, gritaba, tropezaba y volvía a
comenzar.
Ese personaje nos recordaba que un padre no pierde
autoridad cuando sabe jugar con sus hijos; que la ternura no debilita al varón;
que la fuerza puede estar al servicio del cuidado y que una familia también se
sostiene gracias al humor compartido.
Mucho antes de entender estas ideas, yo las recibía
sentado frente al televisor, riendo con las ocurrencias de aquel gigante de
frente cuadrada. La televisión de nuestra infancia no fue solamente
entretenimiento. También fue una escuela emocional. Algunos personajes nos
acompañaron sin que lo advirtiéramos y ayudaron a formar nuestra sensibilidad.
Cien años después
Fred Gwynne murió relativamente joven, a los 66
años. No llegó a contemplar plenamente el lugar que su obra ocuparía en la
cultura popular. Los Munsters tuvo apenas dos temporadas y setenta
episodios, pero sobrevivió a su época, dio origen a películas, reuniones,
nuevas versiones y permaneció en la memoria de varias generaciones. (Wikipedia)
Cien años después de su nacimiento, quiero
recordarlo desde aquel niño que fui y desde el adulto, sacerdote y comunicador
que hoy vuelve sobre esos recuerdos.
Aquel niño veía a Herman Munster y se reía.
El adulto descubre ahora que también recibió una
lección.
Aprendió que no todo rostro extraño debe producir
miedo. Que detrás de una gran corpulencia puede existir un corazón sencillo.
Que la familia no tiene que ser perfecta para mantenerse unida. Que el buen
humor es una manera de amar. Y que quienes parecen monstruos a los ojos del
mundo pueden ser, en realidad, profundamente humanos.
Fred Gwynne logró algo que muy pocos actores
consiguen: tomó una figura nacida para provocar horror y la convirtió en
memoria afectiva.
Por eso, al cumplirse el centenario de su
nacimiento, no recuerdo solamente al actor ni al personaje. Recuerdo también
una época de mi vida, una sala, un televisor y la alegría infantil de
encontrarme con aquel padre grandote, ingenuo y bondadoso que parecía
Frankenstein, pero que terminó inspirándonos ternura.
Gracias, Fred Gwynne, por Herman Munster.
Gracias por las risas.
Gracias por demostrarnos que, muchas veces, el
verdadero monstruo no es quien tiene un rostro diferente, sino quien ha perdido
la capacidad de amar.
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